sábado, 20 de abril de 2013

Mensaje para la L Jornada Mundial de oración por las Vocaciones, 2013



MENSAJE DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
PARA LA L JORNADA MUNDIAL DE ORACIÓN POR LAS VOCACIONES
21 DE ABRIL DE 2013 – IV DOMINGO DE PASCUA
Tema: Las vocaciones signo de la esperanza fundada sobre la fe
Queridos hermanos y hermanas:
Con motivo de la 50 Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, que se celebrará el 21 de abril de 2013, cuarto domingo de Pascua, quisiera invitaros a reflexionar sobre el tema: «Las vocaciones signo de la esperanza fundada sobre la fe», que se inscribe perfectamente en el contexto del Año de la Fe y en el 50 aniversario de la apertura del Concilio Ecuménico Vaticano II. El siervo de Dios Pablo VI, durante la Asamblea conciliar, instituyó esta Jornada de invocación unánime a Dios Padre para que continúe enviando obreros a su Iglesia (cf. Mt 9,38). «El problema del número suficiente de sacerdotes –subrayó entonces el Pontífice– afecta de cerca a todos los fieles, no sólo porque de él depende el futuro religioso de la sociedad cristiana, sino también porque este problema es el índice justo e inexorable de la vitalidad de fe y amor de cada comunidad parroquial y diocesana, y testimonio de la salud moral de las familias cristianas. Donde son numerosas las vocaciones al estado eclesiástico y religioso, se vive generosamente de acuerdo con el Evangelio» (Pablo VI, Radiomensaje, 11 abril 1964).
En estos decenios, las diversas comunidades eclesiales extendidas por todo el mundo se han encontrado espiritualmente unidas cada año, en el cuarto domingo de Pascua, para implorar a Dios el don de santas vocaciones y proponer a la reflexión común la urgencia de la respuesta a la llamada divina. Esta significativa cita anual ha favorecido, en efecto, un fuerte empeño por situar cada vez más en el centro de la espiritualidad, de la acción pastoral y de la oración de los fieles, la importancia de las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada.
La esperanza es espera de algo positivo para el futuro, pero que, al mismo tiempo, sostiene nuestro presente, marcado frecuentemente por insatisfacciones y fracasos. ¿Dónde se funda nuestra esperanza? Contemplando la historia del pueblo de Israel narrada en el Antiguo Testamento, vemos cómo, también en los momentos de mayor dificultad como los del Exilio, aparece un elemento constante, subrayado particularmente por los profetas: la memoria de las promesas hechas por Dios a los Patriarcas; memoria que lleva a imitar la actitud ejemplar de Abrahán, el cual, recuerda el Apóstol Pablo, «apoyado en la esperanza, creyó contra toda esperanza que llegaría a ser padre de muchos pueblos, de acuerdo con lo que se le había dicho: Así será tu descendencia» (Rm 4,18). Una verdad consoladora e iluminante que sobresale a lo largo de toda la historia de la salvación es, por tanto, la fidelidad de Dios a la alianza, a la cual se ha comprometido y que ha renovado cada vez que el hombre la ha quebrantado con la infidelidad y con el pecado, desde el tiempo del diluvio (cf. Gn 8,21-22), al del éxodo y el camino por el desierto (cf. Dt 9,7); fidelidad de Dios que ha venido a sellar la nueva y eterna alianza con el hombre, mediante la sangre de su Hijo, muerto y resucitado para nuestra salvación.
En todo momento, sobre todo en aquellos más difíciles, la fidelidad del Señor, auténtica fuerza motriz de la historia de la salvación, es la que siempre hace vibrar los corazones de los hombres y de las mujeres, confirmándolos en la esperanza de alcanzar un día la «Tierra prometida». Aquí está el fundamento seguro de toda esperanza: Dios no nos deja nunca solos y es fiel a la palabra dada. Por este motivo, en toda situación gozosa o desfavorable, podemos nutrir una sólida esperanza y rezar con el salmista: «Descansa sólo Dios, alma mía, porque él es mi esperanza» (Sal 62,6). Tener esperanza equivale, pues, a confiar en el Dios fiel, que mantiene las promesas de la alianza. Fe y esperanza están, por tanto, estrechamente unidas. De hecho, «"esperanza", es una palabra central de la fe bíblica, hasta el punto de que en muchos pasajes las palabras "fe" y "esperanza" parecen intercambiables. Así, la Carta a los Hebreos une estrechamente la "plenitud de la fe" (10,22) con la "firme confesión de la esperanza" (10,23). También cuando la Primera Carta de Pedro exhorta a los cristianos a estar siempre prontos para dar una respuesta sobre el logos –el sentido y la razón– de su esperanza (cf. 3,15), "esperanza" equivale a "fe"» (Enc. Spe salvi, 2).
Queridos hermanos y hermanas, ¿en qué consiste la fidelidad de Dios en la que se puede confiar con firme esperanza? En su amor. Él, que es Padre, vuelca en nuestro yo más profundo su amor, mediante el Espíritu Santo (cf. Rm 5,5). Y este amor, que se ha manifestado plenamente en Jesucristo, interpela a nuestra existencia, pide una respuesta sobre aquello que cada uno quiere hacer de su propia vida, sobre cuánto está dispuesto a empeñarse para realizarla plenamente. El amor de Dios sigue, en ocasiones, caminos impensables, pero alcanza siempre a aquellos que se dejan encontrar. La esperanza se alimenta, por tanto, de esta certeza: «Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él» (1 Jn 4,16). Y este amor exigente, profundo, que va más allá de lo superficial, nos alienta, nos hace esperar en el camino de la vida y en el futuro, nos hace tener confianza en nosotros mismos, en la historia y en los demás. Quisiera dirigirme de modo particular a vosotros jóvenes y repetiros: «¿Qué sería vuestra vida sin este amor? Dios cuida del hombre desde la creación hasta el fin de los tiempos, cuando llevará a cabo su proyecto de salvación. ¡En el Señor resucitado tenemos la certeza de nuestra esperanza!» (Discurso a los jóvenes de la diócesis de San Marino-Montefeltro, 19 junio 2011).
Como sucedió en el curso de su existencia terrena, también hoy Jesús, el Resucitado, pasa a través de los caminos de nuestra vida, y nos ve inmersos en nuestras actividades, con nuestros deseos y nuestras necesidades. Precisamente en el devenir cotidiano sigue dirigiéndonos su palabra; nos llama a realizar nuestra vida con él, el único capaz de apagar nuestra sed de esperanza. Él, que vive en la comunidad de discípulos que es la Iglesia, también hoy llama a seguirlo. Y esta llamada puede llegar en cualquier momento. También ahora Jesús repite: «Ven y sígueme» (Mc 10,21). Para responder a esta invitación es necesario dejar de elegir por sí mismo el propio camino. Seguirlo significa sumergir la propia voluntad en la voluntad de Jesús, darle verdaderamente la precedencia, ponerlo en primer lugar frente a todo lo que forma parte de nuestra vida: la familia, el trabajo, los intereses personales, nosotros mismos. Significa entregar la propia vida a él, vivir con él en profunda intimidad, entrar a través de él en comunión con el Padre y con el Espíritu Santo y, en consecuencia, con los hermanos y hermanas. Esta comunión de vida con Jesús es el «lugar» privilegiado donde se experimenta la esperanza y donde la vida será libre y plena.
Las vocaciones sacerdotales y religiosas nacen de la experiencia del encuentro personal con Cristo, del diálogo sincero y confiado con él, para entrar en su voluntad. Es necesario, pues, crecer en la experiencia de fe, entendida como relación profunda con Jesús, como escucha interior de su voz, que resuena dentro de nosotros. Este itinerario, que hace capaz de acoger la llamada de Dios, tiene lugar dentro de las comunidades cristianas que viven un intenso clima de fe, un generoso testimonio de adhesión al Evangelio, una pasión misionera que induce al don total de sí mismo por el Reino de Dios, alimentado por la participación en los sacramentos, en particular la Eucaristía, y por una fervorosa vida de oración. Esta última «debe ser, por una parte, muy personal, una confrontación de mi yo con Dios, con el Dios vivo. Pero, por otra, ha de estar guiada e iluminada una y otra vez por las grandes oraciones de la Iglesia y de los santos, por la oración litúrgica, en la cual el Señor nos enseña constantemente a rezar correctamente» (Enc. Spe salvi, 34).
La oración constante y profunda hace crecer la fe de la comunidad cristiana, en la certeza siempre renovada de que Dios nunca abandona a su pueblo y lo sostiene suscitando vocaciones especiales, al sacerdocio y a la vida consagrada, para que sean signos de esperanza para el mundo. En efecto, los presbíteros y los religiosos están llamados a darse de modo incondicional al Pueblo de Dios, en un servicio de amor al Evangelio y a la Iglesia, un servicio a aquella firme esperanza que sólo la apertura al horizonte de Dios puede dar. Por tanto, ellos, con el testimonio de su fe y con su fervor apostólico, pueden transmitir, en particular a las nuevas generaciones, el vivo deseo de responder generosamente y sin demora a Cristo que llama a seguirlo más de cerca. La respuesta a la llamada divina por parte de un discípulo de Jesús para dedicarse al ministerio sacerdotal o a la vida consagrada, se manifiesta como uno de los frutos más maduros de la comunidad cristiana, que ayuda a mirar con particular confianza y esperanza al futuro de la Iglesia y a su tarea de evangelización. Esta tarea necesita siempre de nuevos obreros para la predicación del Evangelio, para la celebración de la Eucaristía y para el sacramento de la reconciliación. Por eso, que no falten sacerdotes celosos, que sepan acompañar a los jóvenes como «compañeros de viaje» para ayudarles a reconocer, en el camino a veces tortuoso y oscuro de la vida, a Cristo, camino, verdad y vida (cf. Jn 14,6); para proponerles con valentía evangélica la belleza del servicio a Dios, a la comunidad cristiana y a los hermanos. Sacerdotes que muestren la fecundidad de una tarea entusiasmante, que confiere un sentido de plenitud a la propia existencia, por estar fundada sobre la fe en Aquel que nos ha amado en primer lugar (cf. 1Jn 4,19). Igualmente, deseo que los jóvenes, en medio de tantas propuestas superficiales y efímeras, sepan cultivar la atracción hacia los valores, las altas metas, las opciones radicales, para un servicio a los demás siguiendo las huellas de Jesús. Queridos jóvenes, no tengáis miedo de seguirlo y de recorrer con intrepidez los exigentes senderos de la caridad y del compromiso generoso. Así seréis felices de servir, seréis testigos de aquel gozo que el mundo no puede dar, seréis llamas vivas de un amor infinito y eterno, aprenderéis a «dar razón de vuestra esperanza» (1 P 3,15).
Vaticano, 6 de octubre de 2012
BENEDICTO XVI

viernes, 21 de diciembre de 2012

Adviento


DOMINGO 4º DE ADVIENTO /C
Dichosa tú, que has creído! Lc 1, 39-45

MUJERES CREYENTES


Después de recibir la llamada de Dios, anunciándole que será madre del Mesías, María se pone en camino sola. Empieza
para ella una vida nueva, al servicio de su Hijo Jesús. Marcha "aprisa", con decisión. Siente necesidad de compartir su
alegría con su prima Isabel y de ponerse cuanto antes a su servicio en los últimos meses de embarazo.
El encuentro de las dos madres es una escena insólita. No están presentes los varones. Solo dos mujeres sencillas, sin
ningún título ni relevancia en la religión judía. María, que lleva consigo a todas partes a Jesús, e Isabel que, llena del espíritu
profético, se atreve a bendecir a su prima sin ser sacerdote.
María entra en casa de Zacarías, pero no se dirige a él. Va directamente a saludar a Isabel. Nada sabemos del contenido
de su saludo. Solo que aquel saludo llena la casa de una alegría desbordante. Es la alegría que vive María desde que escuchó
el saludo del Ángel: "Alégrate, llena de gracia".

Isabel no puede contener su sorpresa y su alegría. En cuanto oye el saludo de María, siente los movimientos de la criatura
que lleva en su seno y los interpreta maternalmente como "saltos de alegría". Enseguida, bendice a María "a voz en grito"
diciendo: "Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre".
En ningún momento llama a María por su nombre. La contempla totalmente identificada con su misión: es la madre de su
Señor. La ve como una mujer creyente en la que se irán cumpliendo los designios de Dios: "Dichosa porque has creído".
Lo que más le sorprende es la actuación de María. No ha venido a mostrar su dignidad de madre del Mesías. No está allí
para ser servida sino para servir. Isabel no sale de su asombro. "¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?".
Son bastantes las mujeres que no viven con paz en el interior de la Iglesia. En algunas crece el desafecto y el malestar.
Sufren al ver que, a pesar de ser las primeras colaboradoras en muchos campos, apenas se cuenta con ellas para pensar,
decidir e impulsar la marcha de la Iglesia. Esta situación nos está haciendo daño a todos.

El peso de una historia multisecular, controlada y dominada por el varón, nos impide tomar conciencia del
empobrecimiento que significa para la Iglesia prescindir de una presencia más eficaz de la mujer. Nosotros no las
escuchamos, pero Dios puede suscitar mujeres creyentes, llenas de espíritu profético, que nos contagien alegría y den a la
Iglesia un rostro más humano. Serán una bendición. Nos enseñarán a seguir a Jesús con más pasión y fidelidad

DICHOSO EL QUE CREE

El pensador francés Blaise Pascal se atrevió a decir que «nadie es tan feliz como un cristiano auténtico».

Pero, ¿quién lo puede creer hoy? La inmensa mayoría piensa más bien que la fe poco tiene que ver con la felicidad. En todo caso habría que relacionarla con una salvación futura y eterna que queda muy lejos, pero no con esa felicidad concreta que ahora mismo nos interesa.

Más aún. Son bastantes los que piensan que la religión es un estorbo para vivir la vida de manera intensa, pues empequeñece a la persona y mata el gozo de vivir. Además, ¿por qué iba a preocuparse un creyente de ser feliz? Vivir como cristiano, ¿no es fastidiarse siempre más que los demás? ¿No es seguir un camino de renuncia y abnegación? ¿No es, en definitiva, renunciar a la felicidad?

Lo cierto es que los cristianos no parecen mostrar con su manera de vivir que la fe encierre una fuerza decisiva para enfrentarse a la vida con dicha y plenitud interior. Muchos nos ven más bien como Friedrich Nietszche, que veía a los creyentes como «personas más encadenadas que liberadas por Dios».

¿Qué ha sucedido? ¿Por qué se habla tan poco de felicidad en las iglesias? ¿Por qué muchos cristianos no descubren a Dios como el mejor amigo de su vida?

Como ocurre tantas veces, parece que también en el movimiento de Jesús se ha perdido la experiencia original que al comienzo lo vivificaba todo. Al enfriarse aquella primera experiencia y al acumularse luego otros códigos y esquemas religiosos, a veces bastante extraños al Evangelio, la alegría cristiana se ha ido apagando.

¿Cuántos sospechan hoy que lo primero que uno escucha cuando se acerca a Jesús es una llamada a ser feliz y a hacer un mundo más dichoso? ¿Cuántos pueden pensar que lo que Jesús ofrece es un camino por el que podemos descubrir una alegría diferente que puede cambiar de raíz nuestra vida?

¿Cuántos creen que Dios busca solo y exclusivamente nuestro bien, que no es un ser celoso que sufre al vernos disfrutar, sino alguien que nos quiere desde ahora dichosos y felices?

Estoy convencido de que una persona está a punto de tomar en serio a Jesús cuando intuye que en él puede encontrar lo que todavía le falta para conocer una alegría más plena y verdadera. El saludo a María: «Dichosa tú, que has creído», puede extenderse de alguna manera a todo creyente.

A pesar de las incoherencias y la infidelidad de nuestras vidas mediocres, dichoso también hoy el que cree desde el fondo de su corazón.
P. Antonio Pagola.

martes, 16 de octubre de 2012

TODO ESTÁ LISTO... EL AGUA. EL SOL Y EL BARRO. PERO SI FALTÁS VOS, NO HABRÁ MILAGRO

El 13 y 14 de octubre estuvimos presentes en el Pueblo de San Lorenzo, en la provincia de Corrientes, compartiendo el 2º Encuentro de Jóvenes en ese lugar.

En esta oportunidad participaron más de 40 jóvenes, varones y mujeres, de San Lorenzo Pueblo, Colonia Bruñe, Ambrocio y Rincón de San Lorenzo.

También contamos con gran colaboración de jóvenes y coro de San Luis del Palmar, que con generosidad ofrecieron su tiempo y sus talentos para que nuevos jóvenes puedan vivir esta experiencia de Dios.

Este trabajo en conjunto con el Padre Oscar Barrios y toda la Comunidad de la Parroquia San Lorenzo Martir, se proyecta para que los jóvenes puedan canalizar sus búsquedas y crecer en una fe madura.

Agradecemos a todas las personas que colaboraron y rezaron para que este nuevo encuentro pueda realizarse con la Gracia de Dios.

miércoles, 5 de septiembre de 2012

Semana de los Padres fundadores 2012

Continuamos en la semana de los padres fundadores reflexionando y compatiendo sobre lo que significa hoy "AMAR Y SERVIR", estas palabras tan lindas que Madre Antonia tomó como lema para su vida y para la vida de toda la familia oblata.

Compartimos en imágenes algunas de las actividades que venimos realizando con los alumnos del colegio Jesús de Nazaret de Rosario:





lunes, 3 de septiembre de 2012

"AMAR Y SERVIR"

Comenzó la Semana de los Padres Fundadores en el colegio Jesús de Nazaret de Rosario, Argentina. La semana se desarrollará hasta el viernes 7 de septiembre bajo el lema: "AMAR Y SERVIR, 75 AÑOS DE HISTORIA", haciendo una alución especial a las Bodas de Diamantes que está celebrando la comunidad de Hermanas Oblatas en Rosario.

Este año agradecemos con especial cariño a los chicos y chicas del Grupo Juvenil Santísimo Redentor que están colaborando en la animación y diferentes actividades con los chicos de primaria.
Gracias por su tiempo y compromiso solidario!!!!

Compartimos algunos de los trabajos que fuimos realizando:



viernes, 27 de julio de 2012

CUANDO DIOS LLAMA: "Vengan a Mí"


Lo sé, lo siento,
tu voz me penetra hasta los huesos
y ya no puedo dar ni un paso
sin pensar en seguirte.

Miro mi cruz, la contemplo...
¿Estoy dispuesta a cargarla?
Todavía no se que contiene...
se me va develando poco a poco.

Lo sé y lo siento.
No puedo seguir esperando
tú voz es una urgencia
que trastoca mis sentidos.

Miro mi cruz...
¿Qué pasará cuando esté cansada y agobiada?
¿A dónde me llevarán tus caminos?

Lo que sabía, ya no lo sé...
Busco a tientas una certeza
y solo escucho una voz que me llama.

Siento un frenesí que me llena de emoción,
y de temor...
Me lanzo... doy un paso...
me pongo en tus manos...
Confío.
Voy a vos.

Miro mi cruz... la cargo...
Oblata del Santísimo Redentor.

lunes, 18 de junio de 2012

"Somos Instrumentos de su Amor"



El fin de semana 9 y 10 de junio estuvimos presentes en San Lorenzo, provincia de Corrientes, compartiendo el 1° encuentro de jóvenes junto a las Hermanas Oblatas bajo el lema: "Somos Instrumentos de su Amor".


En esta oportunidad participaron 44 jóvenes de entre 14 y 22 años y nos alojamos en la escuela primaria de Rincón de San Lorenzo.


Fue muy linda la experiencia de profundizar en el conocimiento personal y en el conocimiento de Jesús para así ir afianzando cada vez más la relación con Él.


El encuentro finalizó con la celebración de la Santa Misa en la celebridad del Corpus Cristi, junto al Padre Oscar Barrios y a toda la comunidad parroquial.


Las Hnas Oblatas agradecemos a todas las personas que colaboraron para que este 1° encuentro tenga lugar y así abrir una nueva puertas a los jóvenes de San Lorenzo.